Mudanza

Antes de cambiarme al nuevo departamento, en un antigua edificio, fueron a hacer la mudanza mi padre y otros cuatro hombres. Mi hermano fue el primero en llegar, llamó a mi madre para darle la noticia; la mujer de la planta baja había muerto, al llegar se encontró con cintas que cercaban el departamento de la mujer y un policía en la puerta. La hallaron en la bañera y habían calificado el caso como muerte dudosa.

El edificio tenía noventa años, era la época del recambio, la antigua propietaria a quién le habíamos adquirido el departamento nos advirtió que nos cuidáramos de la mujer que vivía al lado de la puerta de entrada, ya que había comprado su departamento en sociedad con su abogado haciendo ciertas tramoyas.

Fue la única persona del edificio que estuvo siempre para saludar a toda mi familia cada vez que fueron, acariciando a la bebé de mi hermana, encantada que vinieran niños.

Cuando llegué al departamento latía la energía de toda la familia que se había reunido, la de mi padre con sus hermanos recordando sus historias de niños hizo que el departamento se perfumara de nuestros ancestros.

Ahora sólo quedaban mi hermano y mi hermana con su familia, los veía andar por todos cuartos del departamento como sombras en un segundo plano.

Al abrir la puerta la veo a ella, la gata negra que intenta hacerse una con mi cuerpo, comienza a cruzarse entre mis piernas acariciándolas y pegoteándose a mí. Apuesto que la trajo mi hermano que siempre ha traído todo tipo de animales. A la casa frente a la plaza Belgrano había llevado un pájaro negro como un cuervo, que revoloteaba en círculos por el techo de la cocina.

El cuerpo de la gata era de un negro brillante, la cola larguísima y no dejaba de moverla hacia arriba, pero a pesar de su brillo lucía opaca como si estuviera quemada o chamuscada, sin despegarse de mis piernas buscaba que fuera yo la que aceptase.

Le pregunté a mi hermano porqué la había atraído e intentó excusarse que la había encontrado en el pasillo de la planta baja entre las escaleras y el antiguo ascensor.

Ella seguramente había visto lo que había sucedido y logró salvarse, intentó rescatarla del abandono para que tuviera calor familiar.

La miro y en la cara oscura veo como un antifaz de lastimaduras le rodea los ojos.

Todos están en otra atmósfera, dan por sentado que ella ya está integrada a nuestra historia.

Mi energía está entre mi hermano y ella, la arrincono frente a un mueble y la miro de frente, la levanto sosteniéndole las patas delanteras; la veo lastimada y se transforma en una niña, más bien en una mujer pequeña, una miniatura, una muñeca.

Siento la alegría circular ante la llegada de un niño, comprendo que ella va a estar en nuestro futuro, que conservará su antifaz de lastimaduras, recuerdo y marca de su pasado.

La quiero, nos miramos largo tiempo, nos necesitamos la una a la otra, y con el ojo del Buda veo preocupada que en ese futuro ella se hará preguntas:

⁃ ¿Porqué tiene ese antifaz que nosotros no tenemos?

⁃ ¿Será adoptada?

Miedo que compartíamos con mi hermana y con otros niños del barrio. Miedo a la verdad, miedo de su futura certeza, saber con seguridad “eso”.

Recordé a Rubén un vecino del barrio de Villa Urquiza, cuidaba los jardines, las rosas y los peces de un Kaikan japonés, decía que cuando hacemos una primera visita a un nuevo hogar la oscuridad fundamental o demonio llega primero que nosotros a abrirnos la puerta.

Ahora también lo siniestro se había adelantado antes de que yo traspasara la puerta.

Mientras en la calle, con el sol del mediodía la señora que todos los días se ocupaba de los 55 gatos del departamento de dos ambientes que los dueños destinaron sólo para que vivieran gatos, cruzó a la agencia de quiniela “La gata de la suerte” a jugar su número del día.

Adentro es de noche, intentó dormirme y escucho cada cinco minutos el colectivo 132 que al doblar la esquina hace el mismo ruido que el grito del elefante cuando levanta su trompa. Ese sonido elevará todas las noches mi cama hacia el cielo de Buenos Aires.

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