El arquero y las nubes

 

 

¡Los días pasan tan deprisa!

Ellos nos hacen comprender qué fugaces son los años que dejamos atrás.

Los amigos gozan juntos de los capullos de cerezo en las mañanas primaverales; mas luego se marchan, como los capullos, arrastrados por los vientos de la impermanencia, sin dejar más que sus nombres.

Los pétalos se dispersan, pero los cerezos volverán a dar flor, cuando llegue la próxima primavera.

Sin embargo, ¿cuándo renacerán estas personas?

Los camaradas con quiénes compusimos poemas de alabanza a la Luna, en las noches de otoño, se han desvanecido, junto con ella, tras las nubes pasajeras. En nuestro corazón tan sólo quedaron sus mudas imágenes. La Luna se ha puesto detrás de las montañas del poniente, mas el otoño siguiente volveremos a componer poemas bajo su luz..

¿Dónde estarán, en cambio, los compañeros que han desaparecido?. Nadie puede saberlo…

No oímos acercarse al Tigre de la Muerte, aún cuando ruge.

¿Cuántos días más de gracia les quedan a las ovejas condenadas al sacrificio?.

 

Gosho, febrero l280

 

EROS

Se encontraron en Eros frente al cine después de que retumbó en el cielo el portal del Dragón. Ella tiene en sus manos un sobrecito

de azúcar que da vueltas entre los dedos y sus ojos están pegados a las luces de neón   que anuncian Romeo y Julieta, le había gustado la escena de la pecera, ese jugar entre los peces y la de la pileta, cuando en el agua Julieta le pregunta: ¿cómo llegaste hasta aquí?, En las alas de mi amor, le responde Romeo.

-Ayer fui al supermercado y las cajeras comentaban que media película la vieron sin sonido_ se apresura adivinando que quiere ir al cine y él sólo espera terminar el café para hacerle el amor en algún camino oscuro. Lo que hago ahora no voy a hacerlo más, -sigue diciéndole mientras mire por televisión el clásico Boca-River- el otro día saqué a un chico de la laguna, murió de hipotermia.

_Todavía estás a tiempo de estudiar _no sabe sobre qué hablar, no comparte su amor por la música, ni los libros, ni el cine.

Entre ellos pasaban icebergs, podía contarlos, se alejaban. Y Enamorado la miraba desde lo alto dónde podía soñar y sobre el blanco proyectar sus sueños, hubiese querido que el día tuviese cuarenta y ocho horas para concretar alguno pero tenía doce y a la mayoría de sus días se los comía la rutina. Además con doscientos setenta pesos se sentía atrapado en la ciudad pez, no era un consuelo que el fotógrafo del diario cobrara sesenta pesos. Quizás algún día sus ojos se encontraran.

Subieron al auto y tomaron por un camino de tierra, la puso nerviosa el patrullero que pasaba a cada rato y no quiso hacerlo, él con el codo apoyado en el volante seguía atento el resultado del partido por la radio. River había ganado.

Lo acarició su “por lo menos tuviste una alegría”, cuando se volvió hacia ella ya no estaba.

 

LA PALOMA

A la Paloma la cautivó el verde menta y el tiempo instalado en la eternidad, lo percibió desde la ventanilla del colectivo en las ramblas con palmeras centenarias y en las bicicletas recostadas sobre las escalinatas de la iglesia.

Con la plata de la herencia compró una casa frente a las plazas, desde el balcón podía ver la intendencia, la iglesia, el hotel.

Una mañana de sol cruzó y se anotó en los talleres municipales para dar canto, creó un coro, cantaban para los aniversarios de los pueblitos y las fiestas patrias; para un nueve de julio cantaron New York-New York y hubo quiénes llamaron a la radio local protestando. ¡Le encantaba Liza!, La imitaba pintándose las uñas de colores como Sally Bowles en Cabaret.

Comenzaron las inundaciones, durante las giras la ruta era una delgada soga entre los campos bajo el agua, cuando la ruta desaparecía los cruzaban en bote. Ya no hubo presupuesto para cultura, tuvo que decir adiós y comenzó a quedarse en la casa, sola.

Al principio miraba televisión, los miércoles Días de Cine, los jueves Los siete locos, los viernes El libro, los lunes La librería en su casa; después, cuando la ciudad se volvió nublada, permanecía horas en la cama mirando pasar las nubes, algunos celestes salpicando el blanco. Finalmente las nubes lo cubrieron todo, la opaca luz que entraba por la ventana dibujaba en el techo una pileta con agua de luces, y su mirada se perdía días en ese arriba acuoso.

Hasta que una tarde, en la terraza, se encontró en esos ojos amarillos buscando entrar en la casa.

Por el vecindario averiguó que había pertenecido a una antigua fábrica de pastas ahora cerrada. Recordaba haberlos visto al regresar de sus caminatas de domingo, la miraban detrás del vidrio de Las Malvinas; eran dos, ella había muerto y él durante un tiempo se había dejado morir, lograron revivirlo con mimos y juegos. En su nueva vida solitaria andaba por toda la manzana, cuando aparecía comían juntos, jugaban durante horas y se animó a seguirlo en su recorrido por techos y cornisas. Andando caminos de aire sintió que su casa estaba en ese vaivén del alma dónde se quedaba escuchando el sonido cálido de alas y plumas que se le hacía un percusionista ejecutando en pequeños corazones.

Un día, mientras se bañaba y ejercitaba la escala en el baño de cerámicas verde mezquita comenzó a llover, el chaparrón y el aletear de las palomas la llamaron hacia las cornisas.

La lluvia pegándole en la cara, el viento haciendo remolinos de hojas y meciendo las palmeras, las palomas sacándose el agua de las plumas, hacían el concierto en la ciudad nublada. Esa música le hizo pensar que si se quedaba viviría muerta, debía animarse a dar un salto hacia lo alto.

Desde las nubes los techos se transformaron en una pantalla de cine, y hacía años que no iba al cine, los días de lluvia le gustaba ver Las alas del deseo, coincidía siempre con Batato Barea, un actor que lo absorbió la luz. Recordó el monólogo de Marion:

 

“Ser por los colores. ¡Los colores! Los neones en el cielo del atardecer, los tranvías rojos y amarillos… Nostalgia de una ola de amor que creciese en mi “.

 

Vio películas disparadas desde un tiempo luz, Stalker, El sacrificio, El espejo, Rumble fish, Blue velvet, anduvo por los pasillos en Marienbad, se perdió en los pantanos de Down by law, siguió al pez de Sueños en Arizona por las ciudades.

Muy a lo lejos escuchó la sirena que avanza por las calles en una mancha roja.

 

 

SIRENA DE PAPELES

Despertaba a las seis de una tarde sin sol y salía despertando baldosas, compraba el Clarín de la mañana ante las risas de los que ya sabían por dónde caminaba el mundo. Cerraba las persianas para que no la vieran buscando un nombre en la hoja de sepelios. Se vestía con un traje de hojas, bajaba las escaleras, cerraba la puerta y se despedía soplando su casa de hojas. Tomaba el colectivo, la hacían bajar por pagar con una hoja, y continuaba patinando por las calles hasta llegar a su fosa, y taparla con las últimas hojas de Clarín de la mañana a las seis de la tarde.

 

 

EL ENAMORADO DE LAS SIRENAS

Cuando a la ciudad se le ocurría llover podía estar días lloviendo, extraña sensación de cuerdas de agua ejecutaban el preludio para el clave bien temperado de Bach, le quedó en el oído desde Bagdad café. ¡Morirse de tristeza!, Aunque fuese a Sudáfrica a visitar a Mandela ,asistiese a Cannes a ver cine de Persia, anduviese por los blancos acantilados de Dover, y otras tantas veces escuchase jazz en Nueva Orleans. Salirse del preludio a andar por la cuerda de sol, podría pedir trabajo en el cine Cosmos de la calle Corrientes dónde siempre proyectaban cine ruso. Llegó a pensar que los actores ahorraban su vida en el celuloide como se ahorra dinero en un banco y podrían contar con las horas filmadas para sobornar a la muerte, un Prometeo alimentando a la ficción era Michel Caine ,¡cuántas horas tendría vividas en el celuloide y con cuántas horas contaría para vivir el tiempo extra! Con una película suya dieron una función gratuita y regalaron licores de dulce de leche, chocolate, menta, mandarina, naranja; todos se durmieron en las butacas.

La lluvia, esa catarata de aplausos le estaba haciendo una grieta en el pensamiento, aunque la esperaba para ver pasar a la sirena.

 

 

 

 

 

EL BOMBERO

Le llevaría hasta el mediodía limpiar todo, a esa hora ya habría terminado y nadie notaría nada, salvo los pocos que iban a misa, con el día nublado se quedarían en sus casas y la ciudad permanecería desierta.

Volvería a estar en la primera página del diario, su vida era invisible pero su misión lo congelaba en el tiempo, le gustaba verse, le parecía que era otro y guardaba los diarios con su colección de D´Artagnan, El Tony y Fantasía. Era el protagonista del día a día del pueblo, los canillitas iban por las calles gritando las noticias, también había sido canillita, repartía desde las cinco, hora en que las mujeres comienzan a barrer la vereda hasta las ocho en que entraba al colegio.

Se extraña el sonido cálido, tendría que llevar algunas al laboratorio, las demás las quemaría.¿Habría alguna peste?, O quizás desratizaron las palmeras y murieron ellas. ¡Comerse las palomas!, Los niños andaban con hondas cazándolas para la cena, ¡cuántas veces lo había hecho!, Pero ¿cómo pudieron matar tantas?

Estas eran sus tres hipótesis.

Ya había levantado cientos, subió la radio y agarró el periódico que les dejaban gratis en el cuartel,

En primera plana estaba la noticia que había conmovido al país y dos fotos en las que había participado, un auto dado vueltas y caído a una cuneta y un camión que trasportaba hacienda volcado en la ruta.

De la radio salió la voz del tenor, dejó el diario en el asiento y miró hacia arriba, la vio como una aparición entre la niebla, el pelo largo oscuro y la bata azul ondulando en el balcón, la imagen se perdió por unos segundos y volvió a aparecer en la terraza, se quedó fijado a ella hasta que terminó el Ave María, sin ningún pensamiento, simplemente mirando.

 

 

INFIERNO

El gato había caído a una pequeña terraza y no podía salir, debió pasar ahí toda la noche, después de prepararle la comida encendió la tele, la muerte de la cantante lo invadía todo, la imagen de un rojo escarlata, se repetía una y otra vez, la camioneta roja, las botas rojas y la sangre desparramada en la ruta en las horas de sagitario.

Buscó en el libro de Goshos, carta a Niike, febrero de 1280.

Ahí estaba el infierno como una horrenda morada de fuego, el infierno del loto rojo sangre se caracterizaba por un frío intenso que hacía doblar a la persona hasta que la espalda se le partía y la carne sangrienta se abría como una flor de loto, pero peor aún era el infierno del gran loto sangre, cuando uno caía en ese estado de nada le servían la fama y la fortuna.

Suspiró aliviada, el anonimato y su casa de alas la resguardarían de la muerte.

 

 

 

 

EL GENERAL TIGRE DE PIEDRA

Fueron a lo de la Señora Kobaiashi, la casa sencilla estaba habitada por muñecas con kimonos, porcelanas, muebles laqueados, cuadros de Hokkaido y banderines con ideogramas. Aunque las máquinas de la tintorería nunca paraban, desde las baldosas y macetas del patio se respiraba el silencioso perfume de la tierra pura.

La Señora Kobaiashi les sirvió un té, después de ofrecerle el sake que ellos rechazaron. Y poco a poco fue llevándolos por los rieles del tiempo hacia Japón de 1278, en una de sus cartas Nichiren Daishonin refiere la historia del general Tigre de Piedra.

Abrió el libro de Goshos (cartas) y leyó:

 

“La madre del general Li Kuang fue devorada por un tigre feroz. El valeroso guerrero acechó a la bestia y la atravesó con una flecha, pero entonces descubrió que lo que había visto era sólo una roca. La flecha se había clavado en lo profundo de la piedra. Sorprendido trató de repetir la hazaña, pero no pudo perforar la roca por segunda vez. Luego, llegó a ser conocido como el general Tigre de Piedra”.

 

Ante la duda que reflejaban las miradas de sus invitados, la anfitriona buscó en el Shi Chi o Registro del Historiador el capítulo 109, Li Kuang había sido un general de la dinastía Han temprana, sirvió al Emperador Wu y sobresalió en arquería, falleció en el año 119 a. C.

Presurosa tomó el volumen 10 del Konjaku Monogatari (Cuentos de hace tiempo), dónde figura la historia de su venganza contra el tigre que asesinó a su madre.

Cerró y apiló los libros advirtiéndoles que en otras versiones el que murió así fue su padre.

El Señor Kobaiashi había interrumpido su actividad, los saludó y se dirigió hacia las macetas, posó su mirada una y otra vez sobre las plantas, ella se levantó y lo acompañó en su rito mariposa sin pronunciar una palabra.

Él regresó a su trabajo y ella a explicarles el ichinen zanzen, tres mil mundos en un instante de la vida.

Debían desarrollar ese ichinen (decisión) que como una flecha atravesara el pasado, el presente y el futuro y les permitiera instalarse en la eternidad.

Los acompañó por el zaguán hacia la puerta y los vio alejarse como dos plumas azules y leves en el atardecer de la Avenida Alsina.

 

 

LAS BABAS DEL DIABLO

-Hoy es el día del diablo.

-Sabés que no creo en esas cosas.

-Algún día vas a necesitar creer en Dios, ¡acordate! El veinticuatro de agosto en el campo nadie salía porque decían que el diablo andaba suelto.

Quiso preguntarle si sabía cocinar pero estaba seguro que pasaba días sin comer reflexionando acerca de lo místico de la vida, en cambio él se levantaba pensando qué iba a comer ese día, le daba energía para comenzarlo.

-Lo que más me gusta son los canelones a la Rossini, me mantengo delgado porque salgo a andar en bicicleta. Me gustaría tener una familia mis amigos ya están casados. A veces pienso que voy a salvar a alguien y me va a dar un trabajo, aunque el sueldo no fuera mucho. Los culpables son los gobernantes, hay que frenarlos de alguna forma.

-Mis sufrimientos no tienen culpables, cada uno es dueño de su destino.

-Mi mamá cocina para un supermercado y sale por la tele dando recetas, mi papá se lo pasa en el centro de jubilados jugando a las cartas. Una vez al mes con mi hermano vamos a la basílica de Luján a pedir por trabajo, esta vez no fui para acompañarte pero voy a ir hasta la virgen del camino que está más cerca.

No se atrevió a decirle que al igual que Julio creía que “los hilos de la virgen se llaman también babas del diablo” y se acordó de la multitud en la basílica cuando tenía cuatro años, el olor a velas y a traspiración la hicieron vomitar. Dos años después la mandaron a un colegio católico donde había una capilla con estatuas sufrientes, le quedó grabado en la retina ese dolor mudo en la oscuridad. Desde entonces había deseado el amarillo y los rostros felices debía agarrarse a él como a una soga para no convertirse en laguna.

Le extrañó que no le mencionara lo de las palomas aunque ni el diario ni por la radio comentaron el hecho, tendría que preguntarle al veterinario sobre el resultado de los análisis.

Eros los envolvió en un abrazo cálido y los perdió por algún camino.

 

 

DESAPARECIDO

La invadió una tristeza profunda. El gato desapareció. Venía a su memoria una y otra vez subiendo las escaleras con gracia y elegancia, le daba belleza a la casa, le había parecido que mientras estuvieran juntos podrían atravesar el mar de sufrimientos. Cuando lo conoció quiso ponerle Orson luego Florencio por Julio pero desistió pensando que ya tendría un nombre.

Salió a buscarlo por el vecindario, todos lo querían, hasta la señora a la que le había matado la paloma. La tranquilizó su “seguramente se fue tras una gata, ya va a aparecer”. En el almacén una joven le contó que también había desaparecido su gato y el de su hermana que vivía a la vuelta. Escucho que dos mujeres decían “anda mucha gente con hambre” y le vino la imagen de los que revolvían la basura, en su espantosa miseria estaban rodeados de animales vagabundos con quienes compartían su comida.

Ya no compraría pan para ella Pro Plan para el gato como decía la canción.

 

 

LA BURBUJA HOGAR

Buscó el teléfono en la guía y la invitó a cenar el sábado. En la puerta le presentó al abuelo que la esperaba ansioso por contarle su historia, en la cocina la madre hacía lasañas rellenas, se sentaron a una pequeña mesa redonda, también estaba el hermano simpatizante de Boca Juniors.

Había llegado de Italia siendo un niño, aquí su padre era bombero y lo ayudaba atando los caballos a las autobombas, en esa época no existían las sirenas, tiraban al aire tres granadas con mortero si era un incendio, dos si era una inundación y una si era un auxilio. Para construir el cuartel salían los domingos a pedir ladrillos y durante la semana después del trabajo hacían de albañiles, durante años para mantenerlo organizaron bailes y quermeses, ahora vendían una rifa.

Viudo hacía algunos años había tenido cuatro hijas, las dos mayores vivían detrás del parque y eran modistas desde que Evita les había regalado una Singer, siempre les había ido bien y ayudaban económicamente a los sobrinos.

La voz de la madre como una ola llegó a su oído izquierdo “en la época de Perón hasta las sirvientas andaban de tapado de piel”. De la alacena sacó las revistas ASÍ entre platos y bandejas las escondía desde el setenta y seis, y las puso sobre la mesa para mostrarle a una evita en sepia vestida como la cenicienta junto al general y como una muñeca de cera, durmiendo el sueño eterno, en la noche más funesta.

Otra ola con la voz de él a su oído derecho “en el Hospital Alemán operaron a Emilie Schindler y el plantel de River la pagó la prótesis”, discutía con el hermano sobre fútbol.

Su otra hija vivía en Dock Sur, ella y el marido también eran voluntarios, un veintiocho de junio, día del bombero, fueron todos para allá, estaban preparando una gran fiesta cuando sintieron una gran explosión, luego una segunda, corría el año ochenta y cuatro.

El calorcito del horno se había expandido por toda la casa, saboreó las lasagnas blandas y tibias y disfrutó de la mesa familiar.

El barco petrolero Perito Moreno flotaba sobre doscientos metros de fuego, ¡once días tardó en arder!, colaboraron bomberos de veintitrés cuarteles, y ellos le preparaban la comida y le secaban la ropa.

Se abstrajo durante unos segundos… necesitaba tener una pasión como ellos tenían por el fútbol, el voluntariado, la comida, un fuego que no se apagara con agua.

El abuelo venía con la revista de Clarín a leerle un informe, eran cincuenta mil los bomberos voluntarios en Argentina, durante un tiempo cada cuartel recibía ocho mil pesos pero un veto de Menem suspendió la ayuda. Ya no había gobierno municipal, provincial y nacional que los ayudara, solamente contaban con la buena voluntad de la gente. Parece que Holanda o Estados Unidos iban a donar para comprar un predio donde construir una Academia Nacional que tuviera laboratorios, aulas y oficinas.

No podía escuchar más y se puso los caracoles en las orejas, sentía frases lejanas, voces que se perdían en el mar…

Leía Noche de Reyes, su única compañía era Margarita en el vértice de la ventana, ya no se escondía, sabía que la quería y no iba a matarla, después de todo, las únicas venenosas eran las de los cuadros. O quizás fuera la bisnieta de Margarita, ya hacía meses que la acompañaba, ¿cuántos días mas de vida le quedarían a su único familiar?

Sheakespeare enamorado salva a una mujer del naufragio dándole un espíritu mas fuerte que el abrazo del mar, un alma que nunca envejecerá ni morirá, haciéndola una heroína para siempre en una vasta costa vacía.

La marea del preludio trajo a su memoria una película de su niñez, el cómico debía pasar una habitación de bañeras blancas infectadas de cocodrilos y sus pies rozaban las bocas enormes; temía los dinosaurios que fueran a aparecer desde alguna dimensión del espacio y del tiempo y ponerse a su lado. De la marea de miedo a la del sueño de la laguna de reflejos azules dónde se imaginaba una y otra vez como un pescador pescando papelitos que eran los sueños de los que soñaban. Nunca en domingo podía ir a pescar, la matinée para los niños comenzaba a las catorce y la trasnoche condicionada terminaba a las dos.

El padre llegó a la medianoche para contar el día que se le pasó sin darse cuenta. Aún era soltero cuando su familia viajó a Luján para la procesión del ocho de diciembre y él durmió todo un día. Cuando despertó no había un alma en el pueblo, por ahí vio a Machimbre.

  • ¡Eh!, ¿qué día es hoy?
  • Lunes
  • ¿Cómo no hay nadie?
  • ¿No te enteraste?
  • ¿Qué pasó?
  • Se cayó el avión.

Lo llevó donde estaban todos viendo cómo los familiares llegaban de la gran ciudad y los reconocían por las cadenitas, era entra las estancias Las Mercedes y La Florida, ahí se filmó una película con Tita Merello, Los caranchos de La Florida.

Había sido un día de tormenta terrible y el avión sobrevoló dos veces la ciudad, creen que lo partió un rayo, eran todas parejas jóvenes que viajaban de luna de miel a Bariloche, se habían casado el sábado, había católicos, judíos y de otras religiones.

Llevaban muchas cosas de valor y por radio nacional dijeron que se habían robado todo, la gente se llevó pedacitos de avión de recuerdo, lo que quedó fue a parar a la comisaría; a ellos los pusieron en cajones fúnebres y los mandaron en tren, todo el pueblo fue a despedirlos, fue durante la primer presidencia de Perón y todavía no había colectivos.

Con el fotógrafo del diario compraron dos chuletas para la cena, no pudo dormir en toda la noche, todavía sentía el olor a carne quemada.

La acompañó caminado a su casa, la burbuja hogar se diluyó en las calles, a diferencia de ellos, como Marion ella era “alguien sin orígenes, sin historia, sin país; y me gusta así. Aquí estoy, libre. Puedo imaginármelo todo. Todo es posible”.

 

BICICLETA

Le había tocado un domingo libre, después de comer agarró la bicicleta y tomó por la ruta que llevaba a la virgen. A la hora de la siesta los chicos jugaban fútbol en los baldíos; pasó el frigorífico, el laboratorio de análisis veterinario, le pareció que alguien tocaba el saxofón en la sala de necropsia, de vuelta pasaría por el resultado; el flamante barrio obrero con sus casas altas y las mujeres cociendo en la vereda.

Le volvió un domingo de su infancia, cuando su papá lo llevaba junto a sus primos al campo de Avelino, jugaban entre las cañas de azúcar a ser guerrilleros que peleaban junto al Che en la selva boliviana y andaban silenciosos para que no los descubrieran.

A medida que pedaleaba sentía que su pecho se ensanchaba de recuerdos, le sacaban los chanchitos a la chancha y ésta los corría, tomaban la merienda, un rico mate cocido en bombilla con masitas caseras que tenían forma de flor y dulce de membrillo en el medio. El broche de oro era cabalgar en el petiso, a él le tocaba último y salía cabalgando hacia el horizonte, quería alcanzar el sol, pero cuando se iba acercando el sol se alejaba.

Volvió la mirada del recuerdo hacia la laguna del cura, le habían dado ese nombre porque se había ahogado un sacerdote antes de que él naciera. Se detuvo, había un bote dado vuelta y escuchó voces, debía salvarlos, dejó la bicicleta en la orilla y se internó en el agua. En el fondo todo estaba muy oscuro, no vio nada sólo sintió el agua que cantaba para él. El niño siguió cabalgando hacia el horizonte y alcanzó a ver al arquero que entre las nubes disparó una flecha de luz. Salió a la superficie y respiró el olor a eucalipto, se agarró al bote e intentó subir, había resuelto el enigma y debía llegar hacia el celeste de la virgen.

 

 

FINAL

Escuchó el grito sirena y sintió la presencia de él en alguna parte, una energía infinita desde el centro del universo corrió el telón de nubes negras; volvieron las palomas a revolotear en el balcón, el canto de los pájaros y el gato regresó a sus rincones con el sol de la felicidad. En ese nirvana verde pensó que lo mejor era volver a esa esquina por Mendoza antes de llegar a Donado dónde podía ver los tres árboles proyectar su sombra sobre el oro de los tigres a la hora de la siesta. Y volvería a sentarse frente a la Olimpia amarilla aún a costa de sacrificar la alegría.

Llegó cuando todos ya habían subido, en la terminal sonaba Filosofía barata y zapatos de gomas, compró por primera vez el periódico local, quería llevarse un recuerdo de él y en la primera página los bomberos sacaban a un joven de la laguna, un bote y una bicicleta completaban la foto borrosa.

A mediodía no viajaba mucha gente, eligió asiento y guardó en el bolso el diario que nunca leería.

Nuevamente Marion:

“Basta que alce la mirada y vuelvo a hacer el mundo. Ahora, en   este sitio, un sentimiento de felicidad que podría tener siempre”.

 

Abrió el libro de Goshos y leyó La ofrenda de un hitoe.

“En esta existencia, su sincera ofrenda constituye una oración, por el logro de cada uno de sus deseos y, a la vez, un tesoro. Cuando ustedes fallezcan, dicha ofrenda será la Luna y el Sol; será un camino, un puente, un padre y una madre, un caballo o un buey, un palanquín, un carruaje; será una flor de loto, una montaña y los conducirá a la pura tierra del Pico del Águila”.

 

Trató de retener la última imagen de la ciudad, un film de agua y luz se evaporaba por el Aira sobre la cuerda de Sol de Sebastian Bach.

Lo interrumpieron los sonidos desde la platea, seguramente la película había quedado sin sonido, enredado en celuloide ya no podría continuar recorriendo el mundo.

Era hora de partir junto a los demás por esa luz  que según Olga Orozco también es un abismo.

 

 

 

El Arquero y las nubes es el nombre de una narración breve que Julio Cortázar escribe en su juventud, así lo cita en sus cartas. Nunca apareció porque quizás la destruyó como hizo con algunas de sus novelas.

En El joven Cortázar, ediciones del Saber, página 58.

 

 

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